Ayer, mientras esperaba el 92 en Flores, después de una reunión de dos horas, mis mandíbulas presionaban como las de un cocainómano. Algo tenía que hacer mientras estaba parado ahí. Algo por todas las personas que aguardabamos. En mi poder estaba la posibilidad ahorrar el tedio de varios.
Sin embargo, antes de abdicar, decidí caminar las 32 cuadras que me separaban de mi casa, para calmar la ansiedad. Funcionó, pero estoy empezando a notar una tensión en mí que antes no tenía. No estoy irritable, tampoco nervioso. Pero me llama la atención la rectitud de algunos de mis movimientos. De Flores a Parque Centenario, tuve demasiado tiempo para pensar en eso.
Por suerte, soy más asiduo usuario del subte que del colectivo.

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