domingo, 15 de febrero de 2009

De prender, a apagar

Vimos escombros, corridas y a la policía conteniendo a un grupo de la hinchada de Tigre. No hubo detenidos, los vecinos barrieron los pedazos de ladrillos y la demencia quedó puertas afueras del viaducto.

Era el último partido del sábado, por lo que no teníamos que hacer vestuario. Arsenal lo ganó temprano y, aunque le sobraron más de 20 minutos al encuentro, vimos hasta el minuto 50; sí, agregaron 5 más. El espacio en el diario estaba lleno cuando dieron el final, por lo que nos acercamos a la puerta.

En el momento en que un oficial de la bonaerene nos informo que no podíamos salir por allí, dije las palabras mágicas que siempre me permitieron pasar: "Somos periodistas", y acto seguido, exhibía mi acreditación. "Andá por ahí, al portoncito rojo", me dijo como alguien que sabe solo dos respuestas para todas las preguntas.

Fuimos hasta donde me indicó, pero allí alguien de seguridad del club me dijo que saliera por la otra puerta, que por ahí salía la prensa. ¿Cuál es el problema? Había que rodear el predio completo de Arsenal para llegar al auto, que estaba donde no me (ahora es personal) habían dejado salir al principio. Era casi la medianoche.

No se si recuerdan que mencioné que la violencia había quedado puertas afuera del estadio. Bueno, para mí que todavía seguía ahí. Creo que vivía en la zona y, como los vampiros, salía de noche a cazar a dos periodistas desprevenidos que bordeaban un club con cara de susto. Se darán cuenta que no hice nada de eso.

Volví al portón que me separaba del auto por algunos metros. Intenté razonar con el de seguridad. "Prensa sale por la otra puerta, la policía no deja salir a nadie", repetía como un mantra. El de la bonaerense achacaba al club.

Quise fumarme un parisienne y tirarle el humo en la cara esa media hora que estuvimos encerrados en la cancha de Arsenal. En ninguna cancha del país me pasó algo similar. Me hubiese fumado el atado entero solo para molestarlos, llenandole de humo negro las caras. Pelearme con la policía y los de seguridad es perjudicial para la salud, y mi instinto así me lo hizo saber.

"Siempre es lo mismo, che", masculló el de seguridad. Si en todos los partidos es igual, ¿no será hora de que cambien? Es como que un adicto al paco diga "Uh, cada vez que fumo ésto quedo del orto y reviento un almacén. Qué boludos los almacenes".

A esta altura ya no quería fumar. Deseaba apagarle el cigarrillo en la frente al infradotado que dejaba pasar a cualquier conocido, pero a quienes estábamos trabajando no. Lo bueno es que había perdido las ganas de prenderme uno.