Por lo general, no pienso demasiado acerca de los lugares que frecuento. Sin embargo eran demasiados aquellos donde fumaba en determinada ocasión. El entretiempo de un partido, siempre era coronado por algún cigarrillo.
Estaba ahí tratando de ver qué hacía mientras los equipos salian a la cancha. Estaba expectante, añorando que se abriera el marcador o que descendiera el nivel de juego, para poder dormirme. Pero no, todavía estaban en los vestuarios. ¡Tardaron 20 minutos!
Ya cerca del final todo empeoró. No el cotejo, sino que empecé a notar que era mucha la cantidad de fumadores rodeándome. No les iba a pedir que lo apaguen o que se trasladasen a un sitio apartado de mí. Así que soporté un poco el hecho de que hubiese gente que no sabe leer la mente o darse cuenta por metonimia que dejé de fumar hace poco, y eso me hace tanto mal como un avión (o dos) a las Torres Gemelas.
El partido siguió y terminó.No iban a suspenderlo por mí. Así que salí de allí, fui a la oficina y, ahí, otro lugar común. Del acensor al subte siempre hay un cigarrillo dividiendo lo laboral de lo real. Además, era demasiado tarde y no había subterraneo, solo quedaba el colectivo; esperar.
No fue un buen domingo. Estoy por ir a dormir y solo se me cruza algo por la mente: ¿Si fumo un habano, cuenta? Nivel de presión mandibular en aumento.