Por suerte, desde hace tiempo, los bares son -o deberían ser- libres de humo. Así que eso ayuda un poco a mantener la desición original. Y si uno está entretenido, entre trago y trago, puede postergar salir a la puerta a fumar. Sin embargo, tarde o temprano vamos a tener que cruzar el umbral. Ahí es dónde pude superar la prueba ayer.
Para recapitular: estaba en un bar donde no se puede fumar, tomando algo. Y no iba a salir de ahí hasta que me fuera. Pero cuando atravecé la puerta y me abrí paso entre dos personas que ocupaban la misma categoría que dejé atrás (fumador de vereda de pub del bajo), un instinto arremetió desde lo más profundo de mi reflejo condicionado.
El estímulo, la puerta; el reflejo, buscar el atado de Parisiennes en cuanto sentí la luz del exterior. Son lugares, acciones, costumbres y, me animaría a decir que, hasta ritos. Pero si pude con eso, voy encaminado. El problema es que el nivel de ansiedad a creciendo. Se viene el temporal.
