sábado, 21 de febrero de 2009

Cambio, juez

Cada tanto tengo recaídas. Pienso que uno más no me va a hacer nada. Total, no es que estoy retomando el vicio, sino que me concedo una licencia. Por suerte, puedo mantener la decisión original. Aunque con algunos reemplazos.

Fue difícil abandonar el sabor del tabaco negro. También fue arduo dar por tierra al hábito y ciertos condicionamientos. Como si fuera el perro de Pavlov, sentarme frente a la computadora implicaba nublar mi vista con humo. Mi mano buscaba, entre el mate y el teclado, el cenicero y el atado de Parisiennes, para después girar la cabeza y ver si el encendedor estaba en la cocina.

Ahora, ante la falta de ese ritual, me dirijo a la cocina para buscar un sustituto en el banco de suplentes. Alacena y heladera se muestran prestos para ingresar a la cancha. De un tiempo a esta parte, fue el segundo quien tomó la titularidad del equipo Despuntando el vicio, de Caballito.

Descubrí, casi por casualidad en un bar, que el maní con cáscara suplía perfectamente el lugar del cigarrillo. Se me cuestionará que cualquiier alimento puede hacerlo. Sin embargo me veo en la obligación de resaltar las propiedades, casi mágicas, de este noble snack.

Tener que quitarle la cáscara, recrea un estado mental imilar al nirvana. Son las manos, las que sin intervención directa del cerebro, realizan el proceso. Solo percibimos que estabamos haciendo algo con ellas, cuando nos presentan el maní listo para ser ingerido. Es algo automático, como lo es fumar a veces.  Por eso, sale el negro y entra el maní. Abstenerse de los chistes fáciles, por favor.



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